sábado, 8 de agosto de 2015

Te recuerdo, Tab.


No pareció nunca que fuéramos compatibles. 
Tu calma contrastaba con mi locura.
Tu cuerpo menudo se alejaba de mis esquemas. 
Y tu delicadeza era un grave problema para mi hiperactividad.  

Tu piel oscura me invitaba a conocer lo prohibido 
y tus labios me llevaron a las profundidades de las junglas de Madagascar. 

Penetré en tu cuerpo una y otra vez hasta que el compás se hizo tan nuestro 
que el ritmo nos traía los más profundos gemidos y los suspiros más elocuentes, 
todo en medio de un mar de susurros como ese mar de África que baña tu isla. 

Y me seguías a donde quiera que iba.
Y me mirabas con ojos de amor hasta que tus grandes ojos iluminados encendieron mi corazón 
y lograste atraparme en los reflejos fulgurantes de tu sonrisa. 

Y era tu cuerpo el que me gustaba abrazar cuando nos dirigíamos al mundo de los sueños. 
Y era tu cara la que anhelaba ver cada domingo por la mañana. 
Y eran tus manos las que me gustaba sentir acariciando mi pecho 
y ver tu pelo planchado debajo de cualquier objeto que lo mantuviera en su sitio. 

Presumido, exótico y bello. 
Así te recuerdo, Tab, queriendo atrapar mi torbellino entre tus manos y finalmente rindiéndote a mi incapaz de parar este huracán que llevo por dentro y que explota en cada momento. 

Y quisiste despedirte, y fue memorable. 
Hicimos el amor como nunca antes.
Mis manos apretaban tu cuello mientras tu cintura se movía con ganas, sin miedo. 
Tus ojos en blanco me indicaban el buen momento 
y el alarido final cuando estallamos al mismo tiempo fue un canto de sirenas en plena emergencia. 

Y mis aguas inundaron tus adentros.
Y caí exhausto poseído por mil espasmos y un alivio indescriptible. 
Y me quede ahí, sobre ti. Abrazándote. 
Abrazándonos mientras nos besábamos y nos decíamos te quiero.